Fecha: 28 / 11 / 2019
Merecido monumento al Payo Matesevach
Monumento

Quedará inmortalizado en una escultura que se montó a metros de su taller de bicicletas

El Payo, eternizado en una escultura
Hugo Vinzio Roselot hizo una estatua encargada por el municipio capitalino
La admiración, que el artista plástico Hugo Vinzio Rosselot tenía por Antonio Matesevach y la amistad que tuvo con el deportista, el intendente de la Ciudad de San Juan, Marcelo Lima, confluyeron en la idea de hacer una estatua del ídolo ciclista. Quien fuera una de las figuras sobresalientes del deporte del pedal, es recordado con un monumento ubicado en la esquina de Av. España y Belgrano (frente al Sporting Club Estrella).
Foto. Miguel Martinez (Saladillo)

Muerte:
El ex ciclista sanjuanino Antonio “El Payo” Matesevach, una gloria de ese deporte en el país y un ídolo en su provincia natal, murió de un paro cardíaco en Capital Federal, adonde había viajado para someterse a una operación de divertículos en el intestino.

El ex deportista, que tuvo una brillante carrera nacional e internacional durante las décadas del 60 y 70, tenía 67 años.

Su vida estuvo marcada por momentos muy duros. En 1967, cuando tenía 22 años y entrenaba en Winnipeg, Canadá, para los Juegos Panamericanos, fue atropellado por un automóvil que era manejado por un hombre borracho.

Ese accidente le dejó gravemente herida la pierna derecha. Luego de permanecer internado en Canadá durante un mes, donde fue sometido a dos operaciones, regresó al país para ser intervenido otras 13 veces.

Tras ser visitado por artistas, deportistas y ciudadanos comunes, quienes se acercaban para apoyarlo, un día fue a verlo una empleada de comercio porteña, Silvia Marenna, quien se convertitía en su mujer y en la madre de su hija.

Después de aquel accidente, Matesevach se recuperó, volvió a correr y estuvo una década en el primer nivel del ciclismo nacional e internacional.

Fue integrante de la selección argentina en el Mundial de 1982 y en los Panamericanos de México 75 y Puerto Rico 79, ganó la prueba del precampeonato del Mundo en Montreal y compitió en los Mundiales de Canadá 74 y Venezuela 77.

Ganó dos veces la Doble Media Agua (67 y 77), una la Doble Difunta Correa (73) y tres la Doble Calingasta (67, 75 y 76).

Corrió una temporada en Europa: en Italia, participó en el «Piccolo» Giro, en la Vuelta de Borgosessia y en la Vuelta de Firenze.

Además, fue cuatro veces subcampeón argentino de Ruta y múltiple campeón sanjuanino en esa misma categoría.


INSEPARABLES
La mujer que murió de amor por el Payo
La conmovedora historia de los Matesevach. El Payo y Silvia estuvieron 42 años casados, pasaron penurias y felicidades codo a codo. Ella murió, angustiada y sola, cinco meses después del fallecimiento del ídolo ciclístico sanjuanino. Una vida de novela, contada por su única hija, Natalia.

“Eran muy unidos, casi 45 años de casados y de repente se va uno y el otro no resiste…”, piensa en voz alta Natalia sobre sus padres. Antonio “Payo” Matesevach, uno de los ídolos del ciclismo sanjuanino, se desplomó en los brazos de su mujer, Silvia Marenna, el 23 de julio último, para no volver jamás. Ella murió el 30 de diciembre en la puerta de la casa sobre Avenida España que habían compartido durante décadas, justo enfrente de la bicicletería en la que el Payo se ganaba la vida humildemente. A ambos les falló el corazón.
“En cinco meses me quedé sin padres. Mi mamá no tenía antecedentes cardíacos, ella no la pasó nada bien, era optimista pero no resistió. Ella decía que lo extrañaba y que le parecía que lo iba a ver guiñándole el ojo desde la vereda de enfrente. Me decía: ‘Me parece que lo veo en cada lugar de la casa, veo su ropa y es como que se la va a poner de nuevo’. Ella como esposa tenía recuerdos de su compañero, era como que le habían cortado una pierna, mi mamá estaba como mutilada, por dentro estaba destrozada, esas cosas bajan las defensas. Y estaba muy sola, al principio se acercan todos y después se retiran”, suspira la hija de los Matesevach.
Silvia y Antonio se conocieron en el peor momento del pedalista, cuando estaba abandonado en una cama del Hospital Fernández, tras ser atropellado en Canadá mientras representaba al país en los Panamericanos de Winnipeg de 1967. El accidente fue una bisagra para el Payo: casi lo mata, pero gracias a ese tormento encontró al amor de su vida en Capital Federal.
Corría el año ’68 y Silvia había faltado a su trabajo en la Ferretería Francesa porque estaba resfriada y miraba televisión junto a su madre, cuando se enteraron de la desgracia de ese muchacho sanjuanino, un referente olímpico del pedal que había sido dejado a su suerte en el hospital, con la pierna derecha desecha y al borde de la gangrena. “Mi mamá venía de una familia muy solidaria y le dijo a mi abuela que lo quería ir a visitar. Como era muy creativa se le ocurrió llevarle uvas, para que no extrañara tanto a su San Juan natal. No se imaginaba que se iba a enamorar de él. Fue un flechazo”, cuenta Natalia.

Se casaron el 12 de febrero de 1970. “Él decía con su orgullo que no tenía nada para ofrecerle, no sabía si iba a volver a correr, incluso él era rengo cuando fue el casamiento”, dice la hija. Pero Silvia se convirtió en una compañera de fierro para el ciclista, un pilar anímico en medio de 13 operaciones que pasó el Payo, más de un año y medio internado, con el dolor a flor de piel, sin plata y olvidado por el Gobierno. Un desafío más para ese hijo de croatas que había nacido para correr y que ya descollaba a los 15 años, cuando pudo comprar su primer rodado de carrera con los ahorros de la fajina en las viñas. Dieron el sí en San Juan, él quería instalarse en su provincia y volver a correr. Y el milagro se produjo.
Con una pierna cuatro centímetros más corta que la otra, los 27 años, 5 años después de su desgracia, el Payo se reencontró con la bicicleta de carrera para hacer realidad aquel viejo sueño de la Selección Argentina. Participó en los Mundiales de Canadá en 1974 y de Venezuela en 1977, obtuvo un contundente triunfo en la prueba del pre-campeonato del Mundo en Montreal y el éxito lo llevó a Europa, contratado por Fanini para correr en Italia. Y Silvia siempre estuvo a su lado.
“Hubo procesos fuertes, ella lo acompañaba en todas las carreras como una especie de manager, hasta llegó a manejar el móvil de auxilio. Incluso, mi papá la empezó a entrenar en los ’70 y llegó a correr carreras como él, que era muy exigente, él un día le puso el piñón fijo y no podía frenar, era duro para entrenar y la ponía en jaque, pobre, pero en ese entonces lo trágico era gracioso”, cuenta Natalia, quien nació en marzo de 1974.
Y sigue el relato: “Tengo la imagen de mi papá llevado en andas cuando terminaba una carrera, y él con su mano levantada, mostrando el anillo de casados, nunca se lo sacaba. Era muy familiero, muy asediado por las mujeres pero muy fiel. Con mi mamá estaban permanentemente juntos. Ella desafió lo que era una época en que la mujer no tenía participación en las carreras y ella decía que el ambiente lo hace uno, y así las mujeres empezaron a ir, ella fue una precursora en eso”. Natalia finaliza: “Eran inseperables. Por esas cosas de la vida, él nació en San Juan y murió en Buenos Aires, ella nació en Buenos Aires y murió en San Juan”.


Triste y solitario final

“Mis padres tenían mucha vitalidad y sus ilusiones que quedaron truncas. Creo que tampoco ayudó la parte médica, tanto mi papá como mi mamá creo que podrían haber tenido una solución distinta y podrían estar acá hablando ahora. Mi mamá muere en la puerta de mi casa esperando la ambulancia. Mi papá muere en un restorán en Capital Federal. Allá fue la dulce espera, el médico no lo atendió sino una residente, el estudio se lo habilitaron para una semana después, la plata se le fue como agua, en ese interín hizo una disección de aorta, por los nervios que pasó”, asegura Natalia Matesevach.
Después del sepelio del Payo, que se hizo con honores, Silvia Marenna apareció dolida en los medios de comunicación locales, diciendo que iba a reclamar hasta el último día de su vida los seguros que nunca le pagaron a su marido. Golpeó muchas puertas pero se fue del mundo sin conseguirlo. “No era que mi mamá estaba indigente, pero se encontró de un momento para el otro con deudas y responsabilidades, por ahí podrían haberle transferido una pensión de mi papá, que sé yo, cualquier cosa, pero estaba muy sola. Murió peleando por los seguros, que era más que nada un acto de justicia", dijo Natalia.

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