Fecha: 15 / 8 / 2007
Atletismo
Delfo Cabrera y la Medalla Olimpica



Quién le hubiese dicho a Delfo Cabrera que después de los Juegos Olímpicos de Londres su vida cambiaría en 180 grados? A él, que había llegado a la Capital desde el pequeño Armstrong en Santa Fe para conseguir un mejor futuro. A él, que trabajaba de bombero en la Policía Federal mientras se preocupaba por mejorar sus tiempos. A él, que confiaba en Juan Domingo Perón para que lo hiciera sentir alguien en la sociedad. Aquel 7 de agosto de 1948, ese hombre bajo y robusto, de denso bigote negro y unas piernas capaces de todo, ganó el maratón. Su destino cambió para siempre y dejó una marca ineludible en la historia del deporte argentino, que festejó el 59º aniversario.Nadie se hubiera atrevido a vaticinarlo cuando subió con sus 29 años y todas sus ilusiones al Vapor Brasil. Tampoco él, a su regreso, habría imaginado que sería la última victoria olímpica del atletismo argentino. No eran cuestiones que podían pasar por su cabeza antes de emprender el viaje de 21 días hacia Cannes, después cruzar Francia en tren y tomar otro barco para llegar a Londres. Sus preocupaciones eran otras. En primer lugar, cómo serían las condiciones para entrenarse en la cubierta del barco y no perder su estado físico. Después, cómo podría descansar en el piso de abajo de la embarcación, donde habían sido destinados los deportes más pobres como el atletismo y el boxeo, mientras que las 11 mujeres y las disciplinas de la clase alta viajaban en Primera. Finalmente, cuidar esos 750 pesos que le habían entregado sus compañeros de la Policía en una colecta que se redujo a la mitad porque el jefe dijo que era mucho.Cuando llegó a Londres, Cabrera se encontró con una ciudad devastada por la Segunda Guerra Mundial, hundida en el racionamiento de la comida que no hacía diferencias con los deportistas olímpicos. Delfo concurría todos los días con sus bonos para alimentarse. Además, como no estaba estipulado dónde se alojaría, los primeros días terminó durmiendo en edificios del Ejército.En esas condiciones afrontó el día más importante de su vida deportiva. Nunca antes había corrido un maratón (42,195 kilómetros), pero su entrenador, Francisco Mura, le tenía fe. Ya en la carrera, el que de entrada buscó la medalla fue Eusebio Guíñez, que al final terminó quinto. Pero en los últimos kilómetros, Delfo fue recuperando posiciones y entró al estadio de Wembley en el segundo lugar, a unos metros del belga Etienne Gailly, quien extenuado por el esfuerzo no pudo sostener su liderazgo. Cabrera cruzó la meta tras 2h34m51s4 ante los 70.000 espectadores que descubrían su nombre en el cartel indicador (decía Cabroro). Fue el 7 de agosto, el mismo día que Juan Carlos Zabala se había coronado en el maratón de Los Angeles 32. Cabrera había empezado a correr a raíz de aquella victoria... Al nuevo campeón le ofrecieron viajar en primera de regreso a Buenos Aires, pero no quiso. Cuando llegaron a Montevideo, el diario Crítica se quiso asegurar la primicia por lo que trajo en avión a Cabrera y los otros dos campeones, los boxeadores Pascual Pérez y Rafael Iglesias y después los regresó para que llegaran con toda la delegación en el barco.Por su notable victoria, Delfo fue ascendido a cabo en la Policía. Pero el mayor reconocimiento fue la casa que recibió de manos de Juan Domingo Perón, la misma donde sigue viviendo su esposa . Allí nació un afecto mutuo con el presidente y con Evita que le costó disgustos unos años más tarde. Como Cabrera estuvo tan identificado con Perón, después de la Revolución Libertadora que lo derrocó en 1955, lo dejaron cesante en todos sus trabajos. Sin embargo, en 1957 le otorgaron uno en la Municipalidad: pincha-papeles en el Jardín Botánico.Delfo saboreó otras grandes victorias antes de fallecer en 1981 como consecuencia de un accidente automovilístico. La más resonante fue en 1951, cuando se consagró campeón panamericano en la cancha de River. Pero en este país donde la memoria no es una virtud explotada, a 59 años de la victoria de Cabrera, ninguna carrera de calle lleva su nombre, como tampoco el de Zabala. El presupuesto anual para el deporte es ínfimo y se reduce cada año. El atletismo argentino deambula en las nebulosas y sólo tiene cinco pistas sintéticas. Demasiados factores como para olvidar la hazaña de Delfo.
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